El Desván

LA SOMBRA

                                                                

Desde nuestra más tierna infancia nos vamos identificando con determinados rasgos ideales de nuestra personalidad (la buena educación, la generosidad…) cualidades que, además, se verán reforzadas por el entorno que nos rodea. Al mismo tiempo, vamos desterrando a la sombra aquellas otras cualidades que no se adecúan a nuestra imagen ideal (el egoísmo, la rabia…) Vamos así creando una personalidad agradable en la vida cotidiana y otra entidad oculta que permanece amordazada la mayor parte del tiempo. Bajo la máscara de nuestra apariencia consciente se ocultan la rabia, los celos, la mentira, la vergüenza, el resentimiento, la lujuria, tendencias asesinas y suicidas, etc. Este territorio inexplorado recibe el nombre de Sombra.[1]

El ego y la sombra se van edificando simultáneamente, alimentándose de la misma experiencia vital.  Todos los sentimientos y capacidades rechazados por el ego y desterrados a la sombra alimentan el poder del lado oscuro de la naturaleza humana.  No obstante no todos ellos son negativos. Este lugar al que llamo El Desván, encierra tanto facetas infantiles, apegos emocionales y síntomas neuróticos como actitudes y talentos que no hemos llegado a desarrollar. Nuestro Desván permanece conectado con las profundidades olvidadas del alma, con la vida y la vitalidad; ahí puede establecerse contacto con lo superior, lo creativo, lo universalmente humano[2].

La sombra solo puede ser reconocida de forma indirecta, a través de los rasgos y las acciones de los demás. “El inconsciente no puede ser consciente, la luna tiene su lado oscuro, el sol también se pone, y no puede brillar en todas partes y al mismo tiempo y aún el mismo Dios tiene dos manos. La atención y la concentración exigen que ciertas cosas se mantengan fuera del campo de nuestra visión y permanezcan en la oscuridad. Es imposible estar en dos lugares al mismo tiempo[3].

Nos damos cuenta de nuestra sombra fuera de nosotros mismos. Cuando, por ejemplo, sentimos que nuestra admiración o nuestro rechazo ante una determinada cualidad de una persona – como la pereza, la sensualidad, la espiritualidad- es desproporcionada, es muy probable que nos hallemos bajo los efectos de la sombra. Proyectamos y atribuimos determinadas cualidades en los demás en un intento de desterrarlas de nosotros mismos.

Nuestra sombra personal contiene todo tipo de capacidades potenciales sin manifestar, cualidades que no hemos desarrollado ni expresado. Es una parte del inconsciente que complementa al ego y que representa aquellas características que nuestra personalidad consciente no desea reconocer y, por tanto, repudia, olvida o destierra a las profundidades solo para verlas de nuevo emerger fruto del encuentro con los demás.

Aunque no podamos contemplarla directamente, la sombra está presente a lo largo del día en situaciones como:

·         Chistes y payasadas que expresan nuestras emociones más ocultas.

·         En los sentimientos exagerados respecto a los demás. (¡No me puedo creer que hiciera eso!)

·         En el feedback negativo de quienes nos sirven de espejo. (¡Es la tercera vez que llegas tarde sin decírmelo!)

·         En aquellas relaciones en las que provocamos continuamente un efecto perturbador sobre diferentes personas.

·         En las acciones impulsivas o inadvertidas. (¡No quería decir eso!)

·         En aquellas situaciones en las que nos sentimos humillados.

·         En los enfados desproporcionados por los errores cometidos por los demás. (¡Nunca hace las cosas a tiempo!)

·         Cuando nos abruma la cólera.

·         Cuando nos sentimos fuera de lugar.

En palabras de R.D.Laing:

El rango de lo que pensamos y hacemos está limitado por aquello de lo que no nos damos cuenta. Y es precisamente el hecho de no darnos cuenta de que no nos damos cuenta lo que impide que podamos hacer algo por cambiarlo. Hasta que nos demos cuenta de que no nos damos cuenta seguirá moldeando nuestro pensamiento y nuestra acción.

La sombra suele retroceder con la misma rapidez con la que aparece porque descubrirla puede constituir una amenaza terrible para nuestra propia imagen.

Encontrar a la sombra nos obliga a ralentizar el paso de nuestra vida, escuchar las vivencias que nos proporciona el cuerpo y concedernos el tiempo necesario para estar solos y digerir los mensajes que llegan de nuestro “desván”.

 




[1] Ver Dr.Jeckyl y Mr.Hyde en la versión de Spencer Tracy

[2] Liliane Frey-Rohn

[3] James Hillman